Silvio desde la perspectiva de Mario Benedetti
Septiembre 12, 2007
Por muchas razones, y hasta sinrazones, Silvio RodrÃguez es un cantante fuera de serie. Cofundador, con Pablo Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú, Eduardo Ramos, Sergio Vitier (y aunque nadie sabe quién la bautizó asÃ) de la Nueva Trova, ha aportado su indudable prestigio a un movimiento que revitalizó la canción cubana y la catapultó en el plano internacional. No obstante, aún dentro de un núcleo tan fermental, con el que siempre se sintió plenamente identificado, Silvio es un talante inconfundible.
Curiosamente, su voz no es cálida ni grave ni particularmente seductora, sino más bien aguda, de un timbre casi metálico y sin embargo frágil. Al escucharlo, uno llega a temer que en cualquier momento se le quiebre, y ese riesgo ( que en su caso no es deliberadamente buscado sino más bien lo asume como algo irremediable) también forma parte de su extraño atractivo. Con caracterÃsticas que en cualquier otro cantante serÃan anticarismáticas, Silvio funda precisamente su carisma. Quizá el secreto resida en que siempre transmite una gran sinceridad, una honestidad a toda prueba, un no aparentar lo que no es, y, en estos tiempos de famas prefabricadas, de engendros de la machacona y mistificadora publicidad, esa actitud, a la que el público accede sin intermediarios, significa una bocanada de aire fresco en un ámbito, como el del espectáculo, por lo común tan especulativo como artificial.
Salvo en casos excepcionales, Silvio es autor de la letra y la música de sus canciones. Como en los ejemplos de Pablo Milanés, Chico Buarque. Viglietti, Serrat, Aute y no muchos más, esa doble autorÃa otorga a sus producciones una unidad esencial. Sean o no el resultado de un desarrollo paralelo, letra y música aparecen como gemelas (jimaguas, dirÃa en Cuba), copartÃcipes en el acto de la parición. Fundamentalmente, las letras de Silvio, sobre todo las que crea a partir de una duramente adquirida madurez, tienen un nivel textual tan afortunado que (algo no demasiado frecuente en los cantores populares) conservan su validez polÃtica aun sin el básico soporte de la música. Alguna vez he sostenido, y su trayectoria posterior corrobora ni diagnóstico marginal, que Silvio es un poeta que canta, y más aun: que es uno de los poetas más talentosos de su generación.
Siempre recordaré como conocà a Silvio y a Pablo en La Habana, allá por el año 1966. Era mi primera visita a Cuba. Unos amigos me habÃan invitado a cenar en su casa y me anunciaron que más tarde vendrÃan dos cantantes muy jóvenes, todavÃa casi desconocidos. Por fin llegaron con sus guitarras y cantaron cinco o seis canciones cada uno. Tuve la rara sensación de que asistÃa a un viraje importante de la canción cubana: por un lado estaba presente la tradición trovadoresca, y por el otro una propuesta asombrosamente innovadora, que transformaba, enriqueciéndolos, los ritmos heredados e insertaba en las letras un sentido tan comunicativo como el de la poesÃa conversacional, entonces en pleno desarrollo en América Latina. Varios años después, escuchándolos de nuevo en textos y música de más rigurosa factura, les pedà que cantaran aquellas letras primigenias que les habÃa escuchado en el 66. Pero no las recordaban. Lo cierto es que en ese lapso habÃan creado tan frenéticamente nuevos cantos, que aquellos iniciales, tan importantes para mÃ, habÃan sido cubiertos por su propio olvido.
Fuente: Memoria Trovada de una Revolución ( Joseba Sanz ) / Editorial Txalaparta
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Totalmente de acuerdo con mi admirado Benedetti, en su opinión sobre Silvio.
Imagino aquel encuentro del 66 y me muero sólo de pensarlo. “Desgraciadamente” entonces yo tenía sólo 6 añitos, vivía a 10.000 km de allí y no tenía ni idea de que años después los “amaría” tanto y serían uno de los motivos por los que vale la pena vivir.
Un abrazo.